En su artículo “Turismo Biocultural en la Sierra Nevada de Santa Marta. Entre la cima del mundo y el desarrollo del turismo: los guardianes de la montaña más alta del mar”, el docente investigador de la Facultad de Administración de Empresas Turísticas y Hoteleras Universidad Externado, aborda un interrogante decisivo para uno de los territorios más excepcionales del planeta.
Por Daniel Calderón Ramírez
Desde Yerbabuena, un territorio indígena arhuaco ubicado a tres horas de Santa Marta, comienza uno de los ascensos más desafiantes y menos conocidos de Colombia: la ruta hacia los picos Colón y Bolívar, los más altos del país, a más de 5.700 metros sobre el nivel del mar. Allí, donde los vientos cálidos del Caribe chocan con las nieves perpetuas de la Sierra Nevada de Santa Marta, conviven cuatro pueblos indígenas junto a especies de fauna y flora únicas en el mundo y en donde docenas de escaladores intentan subir al margen de la ley.
Este paisaje de contradicciones es también el escenario donde emerge una pregunta urgente: ¿puede el turismo ser una herramienta de conservación y protección de la cultura local, o será una amenaza para uno de los territorios más representativos de Colombia?
La montaña del mundo en tierra colombiana
La Sierra Nevada de Santa Marta no es solo la montaña litoral más alta del mundo —es decir, la que alcanza mayor altitud estando tan cerca del mar— sino también un territorio catalogado como biodiverso por la concentración y singularidad de sus especies. Sus 573.312 hectáreas se distribuyen entre los departamentos de Magdalena, Cesar y La Guajira, y representan un gradiente altitudinal sin igual: desde el nivel del Mar Caribe hasta las nieves perpetuas; es decir, la Sierra concentra ecosistemas que van desde manglares costeros hasta páramos y glaciares, pasando por selvas húmedas tropicales y bosques de montaña.
Esta diversidad no es solo geográfica. El frailejón arborescente, especie endémica compartida únicamente con ciertos ecosistemas de África, crece en sus montañas. El majestuoso cóndor de los Andes planea a partir de los 4.000 metros de altura y es posible verlo. Así mismo, la masa glaciar de la Sierra, aunque amenazada por el cambio climático, aún persiste como un testigo de hielo en una Colombia tropical que ya ha perdido la mayoría de sus nevados.
Cada temporada de sequía —entre diciembre y febrero— la Sierra atrae a decenas de montañistas extranjeros y nacionales que ven en estos picos el desafío deportivo más exigente del país. Por ejemplo, una expedición al pico Colón puede durar entre diez y quince días, y requiere de un esfuerzo físico y técnico por parte de los escaladores, quienes además demandan de un apoyo logístico como guías de alta montaña, cocineros y cargadores, la mayoría de ellos miembros de las comunidades indígenas.
Cuatro pueblos, un solo territorio sagrado
La Sierra no es solo naturaleza. Es también hogar ancestral de cuatro pueblos indígenas: Kogui, Wiwa, Arhuaco— y Kankuamo. Para estas comunidades, la montaña no es un destino turístico ni un reto deportivo: es el corazón del mundo, el lugar donde sus antepasados tejieron por milenios una relación profunda con cada especie, cada río y cada montaña. Más allá de los nombres extraños de las cimas de la Sierra como Colón, Bolívar, Simmonds o Wilches, las montañas guardan un profundo significado con su cosmogonía. Esta cosmovisión ha dado lugar a prácticas de manejo ambiental que hoy se reconocen como formas estratégicas de conservación.
Durante más de veinte años, estas comunidades —junto con problemas de orden público y la ausencia de regulación estatal— mantuvieron cerrada la Sierra Nevada al turismo. Fue una decisión soberana y legítima. Sin embargo, en los últimos años, algunos pueblos han comenzado a ver en el turismo una posibilidad: no para abrir sus territorios al mercado sin control, sino para ejercer una autonomía económica que les permita financiar proyectos propios y fortalecer sus formas de vida.
¿Qué es el turismo biocultural y por qué importa?
El concepto de turismo biocultural parte de una premisa sencilla pero poderosa: el patrimonio natural y el patrimonio cultural no pueden separarse, porque ambos son el resultado de miles de años de coevolución entre los seres humanos y sus entornos.
Según los investigadores Víctor Toledo y Narciso Barrera (2009), la memoria biocultural “integra la diversidad natural con la diversidad cultural a través de conocimientos generados por miles de años”. En otras palabras, proteger un bosque sin proteger también la lengua, los rituales y el saber ambiental del pueblo que lo habita equivale a hacer la tarea incompleta.
En este sentido, el turismo biocultural no es simplemente ecoturismo con una capa de folclor. Es una forma de planificar y gestionar el turismo que reconoce a las comunidades indígenas y campesinas como gestoras legítimas del territorio, las involucra en las decisiones, distribuye los beneficios económicos de forma justa y utiliza el turismo como herramienta para preservar —no para exhibir— su identidad.

En la parte baja de la Sierra Nevada, existen ya modelos concretos que apuntan en esta dirección. Wiwa Tours es una iniciativa gestionada por la propia comunidad Wiwa que trabaja con más de 50 familias y canaliza los ingresos hacia proyectos comunitarios: salud, educación, recuperación cultural. La Red Ecolsierra, por su parte, agrupa a más de 300 familias productoras de café y miel orgánica que combinan el comercio justo con el ecoturismo comunitario, demostrando que es posible generar bienestar económico sin sacrificar el territorio.
La paradoja del Estado: prohibir sin gestionar
El gran nudo del problema está en la institucionalidad. El Parque Nacional Natural Sierra Nevada de Santa Marta, autoridad ambiental responsable de proteger este territorio, ha optado históricamente por prohibir las actividades turísticas en las cimas de la Sierra Nevada en lugar de regularlas. El resultado es una paradoja: la prohibición existe en el papel, pero en la práctica varias empresas turísticas operan de manera irregular en el área, ofreciendo senderismo y ascensos a los picos nevados sin ningún control ambiental.
Prohibir sin gestionar no es conservar: es abandonar. Cuando el Estado se retira del campo de la regulación, el mercado del turismo informal ocupa ese espacio, con posibles consecuencias negativas para el patrimonio natural y cultural que se pretendía defender.
Los impactos del turismo no regulado —residuos, alteración de sitios sagrados, competencia desleal frente a las iniciativas comunitarias— se acumulan silenciosamente, mientras las instituciones miran hacia otro lado. En 2023, el Ministerio de Ambiente amplió el área protegida mediante la Resolución 0136, una señal positiva que, sin embargo, requiere ir acompañada de mecanismos reales de co-gestión con los pueblos indígenas para el desarrollo sostenible del turismo.
El hielo que se derrite y la oportunidad que no puede esperar
El cambio climático agrega urgencia a este debate. Los glaciares de la Sierra Nevada están retrocediendo. Lo que hoy es un imán para montañistas de todo el mundo podría desaparecer en pocas décadas. El turismo biocultural bien gestionado puede ser, en este contexto, un aliado: genera incentivos económicos para la conservación, visibiliza ante el mundo el valor de este ecosistema y fortalece la capacidad de las comunidades indígenas de defender su territorio.
La Sierra Nevada de Santa Marta no necesita más turistas y escaladores ilegales. Necesita mejores acuerdos: entre el Estado, las comunidades indígenas, los operadores turísticos y la sociedad colombiana. Necesita una gobernanza participativa que reconozca a los Kogui, Wiwa, Arhuacos y Kankuamo como los primeros y legítimos guardianes de la montaña más alta del mar. El camino ya existe. Varias empresas ya lo están haciendo. Solo falta que el Estado deje de mirar desde lejos y le apueste a un turismo biocultural.
Referencia: Toledo, V. M., & Barrera Bassols, N. (2009). La memoria biocultural. La importancia ecológica de las sabidurías tradicionales. Ciencias, 96(096). Recuperado a partir de https://www.revistas.unam.mx/index.php/cns/article/view/17958




