Perfiles: El balance perfecto de Camilo Prieto

Las escenas se suceden una a otra —rostros, perros, buses, motos, árboles, postes— van quedando atrás, rápidamente, al calculado ritmo de sus zancadas. Son las primeras horas de la mañana en Bogotá, la mente se despeja, fluye, se proyecta, en una estimulante carrera por la vida. El corredor es Camilo Prieto Ariza y un lema se inscribe en su camiseta: familia, calidad humana y trabajo bien hecho. Con 46 años recién cumplidos, este corredor parece haber encontrado el balance perfecto, en medio del frenético ritmo de la industria aérea.

Sentado en algún lugar de la enorme base militar, el cadete Prieto traza, con cuidada caligrafía, las primeras letras de un emotivo mensaje a su madre. La hoja es tan blanca como el uniforme de parada que tanto lo cautivó en su adolescencia. Hay algo de ritual en escribir una carta; una disposición mental y espiritual que las nuevas generaciones no conocen o que, quizás, han interiorizado de otro modo. El cadete Prieto perteneció, probablemente, a la última generación que le escribió cartas a la mamá.

Transcurrían los últimos años del siglo pasado, los correos electrónicos apenas despuntaban en el alba de la historia y en la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla, en Cartagena de Indias, los aspirantes a tenientes, capitanes y almirantes aún escribían cartas. No sabemos qué contenían aquellas correspondencias; son recuerdos lejanos que el Country Sales Manager de Latam Airlines Colombia rememora desde una sala de juntas en el norte de Bogotá. Podrían ser, acaso, mensajes de calma y tranquilidad para una madre compungida que no había recibido nada bien la decisión de vida de su aplicado hijo mayor, de apenas 19 años: hacer carrera militar en la Armada Nacional de Colombia. Hoy sabemos que la historia tuvo un punto de quiebre y que, al final del día, fueron los aviones y no los barcos su destino inexorable. Y, sin embargo, para quienes lo conocen, bastaría intercambiar su traje casual de alto ejecutivo por el imponente uniforme blanco y nadie sospecharía que algo está fuera de lugar. “Hoy todavía, 28 años después, siento cosas cuando veo un uniforme de la Armada. Es algo que me apasiona” cuenta el excadete quien, de hecho, todavía conversa con sus excompañeros militares, hoy capitanes de fragata o de navío en distintos puntos de la geografía nacional; todo gracias a ese milagro de la mensajería moderna llamado WhatsApp. “Convivir día y noche, salir a trotar a medianoche con el fusil y el colchón al hombro genera, digamos, mucha integración”, apunta.

¿Qué pasó entonces con la carrera militar de Camilo Prieto? ¿Qué lo llevó a cambiar la sala de control de un submarino o el puente de mando de una corbeta por la no menos ardua y fascinante dinámica comercial de la industria aérea? La respuesta, de hecho, está trazada en su historia de vida y hoy, ya bien entrado el siglo 21, tiene toda la vigencia y actualidad.

Una vida que no va al garete

Camilo Prieto Ariza es el hijo mayor en una típica familia acomodada bogotana —cachaca ciento por ciento— de padre conservador enfocado en su trabajo y madre ama de casa, amorosa y dedicada a sus hijos. “Yo era una mezcla rara: académicamente siempre fui el ñoño que se sentaba en primera fila, anotaba todo perfecto, organizado y en colores, pero en lo social me encantaba salir con mis amigos, de fiesta, de paseo o a un concierto. No era el típico nerd que estaba todo el día en su casa estudiando. De hecho, leo muy poco”, cuenta.

Camilo era una suerte de joven modelo, egresado del colegio Anglo Colombiano y consciente la burbuja cultural en la que había crecido. Quizás por eso, rememora, tomó la decisión de irse a la Armada: “Buscaba un poco de independencia. No depender tanto de papá y mamá, salir de casa y entender el país en el que estaba. Y la Armada me dio eso”, cuenta.

No contaba, sin embargo, con la característica honestidad de los militares, que le advirtieron claramente a lo que se exponía si continuaba por esa senda, contraria a cualquier dinámica familiar más o menos normal. Un día estás en Cartagena y al otro día en Leticia, Buenaventura o te embarcas más de tres meses con todo lo que eso implica para un proyecto de vida, le dijo un capitán cercano. Y eso, cuenta Camilo, empezó a calar y calar. “Yo tenía 19 años, no estaba casado ni tenía hijos, pero si proyectaba hacerlo y tener mi núcleo familiar”. Y así, en pleno entusiasmo de joven cadete, el futuro directivo de Latam Airlines toma una decisión dolorosa pero calculada y analítica: renunció a la Armada y se regresó a Bogotá a estudiar Ingeniería Industrial en la Universidad Javeriana. Su madre, por supuesto, fue la más feliz.

“Fue una experiencia espectacular. Creo que parte de quien soy hoy lo demarcaron esos casi dos años que estuve ahí: la disciplina, el orden, la psicorrigidez, si se quiere, que tengo con ciertas cosas”.

Hola mundo, hola mercadeo

La Ingeniería Industrial, cabe aclarar, se encuentra estrechamente ligada al mercadeo y ese fue, de hecho, el rumbo que tomó el corredor en este nuevo tramo. Primero con una tesis de grado en Hewlett-Packard (2004) —se trataba de lanzar un computador adaptado a las necesidades y costos de pequeñas y medianas empresas— y, luego, con sus prácticas en Millward Brown (hoy Kantar), en donde estuvo tres años escalando posiciones y haciendo tracking a marcas como PepsiCo, Unilever, McDonald’s, Colombina y Bavaria.

No había marcha atrás; el camino estaba trazado y el mercadeo lo había tomado por completo. Pero, justo cuando la carrera empezaba a avanzar a buen ritmo el joven corredor decide hacer una pausa estratégica y viaja a Madrid a cursar un MBA; —“full en inglés, full inmersión, no te permitían trabajar ni hacer nada más” —cuenta Camilo, que nunca había estado fuera del país. La experiencia fue enriquecedora —“diría que fueron los dos mejores años que he vivido”— hasta el punto de que en ese periplo europeo conoció a quien sería su futura esposa y madre de sus dos hijas. La carrera, sin duda, avanzaba tal como se había proyectado.

A paso firme, marcando el camino

Hoy, en retrospectiva, resulta curioso ver cómo algunas de las paradas de su carrera han tenido que transformarse, fruto del avance tecnológico. Fueron, de hecho, dos emprendimientos a los que contribuyó desde cero: un call center de cobranzas —Prisma Direct—, que tenía entre sus principales clientes a Movistar, y una compañía de tecnología —Tel Online—, que ofrecía hardware y software para migrar a la web los contestadores analógicos de las empresas. Para esos años, el corredor en ciernes había ganado reconocimiento en el sector tecnológico y fue fichado para ser la cabeza de mercadeo en la división GTS Global Technology Services de IBM, en donde estuvo cuatro años. “IBM ya eran palabras mayores. Una multinacional con 400 personas en Colombia y 120.000 en el mundo. Yo tenía jefes en Argentina, Brasil y Perú”, recuerda Camilo, que llegó a esta compañía a capitalizar el boom de los servicios en la nube; “Bancolombia era uno de nuestros clientes”, apunta.

A esta altura, es claro que la carrera del antiguo ejecutivo de mercadeo de Millward Brown había tomado vuelo. ¿Por qué lo buscaban? “Referidos, relacionamiento, personas que de pronto les gustó una presentación o exposición que hice”, responde. La razón de fondo, sin embargo, tiene que ver con el ser y el hacer, una ética que le atribuye a su madre.

“Con mi mamá generamos una relación muy bonita. Un poco de quién soy hoy es por lo que ella siempre nos decía: primero está el ser y luego el hacer. Más allá del apellido, del título o la empresa para la que trabajemos, somos personas tú y yo. Es algo que me lo inculcaron desde los 10 años, entonces llevo 36 años demostrándolo. No niego que soy una persona preparada, que ha hecho su tarea académicamente y que le gusta estar constantemente buscando cosas nuevas, pero siempre con los pies en la tierra”.

Correr o no correr: esa es la cuestión

En el segundo gran tramo de esta carrera de fondo, el acto de correr parece convertirse en un acto existencial. “Ser o no ser”, dice el célebre monólogo de Hamlet; “Correr o no correr”, dice Camilo Prieto. Correr, por supuesto. Lo hacía desde sus tiempos en la Armada y, de manera irregular, a lo largo de su vida. En 2006, de hecho, logró culminar la Media Maratón de Bogotá con mucho sufrimiento. Pero, en 2014, una necesidad de sacudir su existencia, marca un nuevo camino para el ‘runner’ Camilo Prieto.  “A mi mamá le diagnostican leucemia y muere en menos de un año. A mí eso me impactó durísimo y sentí que necesitaba hacer mi duelo de otra manera. Entonces empiezo a entrenar mucho más juicioso y metódico. Desde hace 12 años vengo corriendo de una manera semiprofesional, ya con un entrenador”, relata.

El asunto va más allá. Camilo se convirtió en corredor de maratones: “Hice mi primera en Chicago en 2016 y hoy ya llevo cinco: Berlín, en 2017; París, en 2019; Tokio, en 2021; y Nueva York, el año pasado. El próximo año voy a correr Londres y me queda faltando Boston para completar las ‘majors’”.

Por recomendación de su entrenador también empezó a alternar con bicicleta. “Subo a Patios por las mañanas y ya he hecho un par de retos: me atravesé Panamá de océano a océano en bicicleta y una ultramaratón en Argentina, 100 km. en tres días subiendo y bajando nevados”, cuenta. “No se trata solo de mantenerse en forma, es más que eso”, explica: “El día que no hago deporte por la mañana me cuesta en la oficina. Necesito el balance de desconectarme y tomar aire fresco”.

Alcanzando el balance perfecto

También se trata, en cierta medida, de dar ejemplo a sus hijas; “que vean que su papá es una persona saludable” comenta. Porque correr, como lo señala claramente, es el balance ideal entre cuerpo y mente —una necesidad para encarar el apasionante día de día de la industria aérea—, pero la familia es objeto final, “el balance perfecto”. Hoy, Emilia y Julieta tienen 10 y 12 años, y su matrimonio, 12. “Vivo y desvivo por ellas. Estoy muy contento con la familia que logramos armar”, explica. 

De hace poco más de ocho años y medio, Camilo también pertenece a otra gran “familia”; una con la que comparte un valor corporativo fundamental: los seres humanos están primero; “creo que por eso también he hecho tanto clic con Latam”, asegura. Llegó en 2017 como gerente de Marketing y e-business, sin conocer absolutamente nada del sector aéreo —por recomendación de Santiago Álvarez—y fue moviéndose al vaivén de sus capacidades, pero también de los inevitables movimientos corporativos. Uno clave, por ejemplo, pasar del área de Mercadeo a presidir las Ventas, primero regionales y luego, de todo el país, justo después de la pandemia. “Es una industria muy linda, muy dinámica. Si lo pones en blanco y negro, llevamos gente de un punto “A” a un punto “B”, pero lo miras más a fondo, ayudamos a hacer negocios, a construir sueños, a desarrollar economías”, dice el Country Sales & Marketing Manager de Colombia.

¿Cómo se ve en el futuro? ¿Hacia dónde avanza esta carrera de largo aliento? “Por mi contexto familiar, veo difícil que Camilo Prieto se vaya a vivir a otro país de la región. No me veo moviéndome a otro lado. Pero para mí el tema familiar pesa muchísimo. Todavía hay un tema aquí de seguir mostrando resultados en ventas”, concluye.

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