En el multiverso, tan de moda por estos días en las historias de ficción, Juan Diego Zapata hubiera podido asumir una multiplicidad de identidades, desde lateral izquierdo del Deportivo Independiente Medellín, carismático sacerdote o músico percusionista, hasta cacao del sector restaurantero, oficial del Ejército o presentador de programa de concursos (de lejos su favorita). En este plano, sin embargo, Juan Diego es, ante todo, esposo, amigo y un apasionado del turismo; uno de los altos ejecutivos más versátiles y estratégicos de la industria de viajes. Y esta es su historia.
Sentado en una banca de Las Ramblas, en la Barcelona de principios de siglo, Juan Diego Zapata Roldán no tiene muy claro los detalles de cómo pasará su primera noche a la intemperie. Había llegado a la ciudad 15 días antes, con muy pocas pesetas en el bolsillo, una carta de recomendación de su padrino en la hotelería, Manuel Molina —uno de sus tantos padrinos en la vida—, y una beca para estudiar dirección de marketing. Comía una vez al día, dormía en un hostal poco recomendable (para el que ya no tenía más presupuesto) y había comprendido que ningún restaurante iba a emplearlo con papeles de estudiante. El panorama era oscuro, a pesar del cielo espléndido de Cataluña.
“Irme a estudiar a España fue la cosa más irresponsable del mundo”, recuerda hoy. Pero era un riesgo necesario luego de mil aventuras de juventud. A sus 25 años, había probado como futbolista, seminarista, músico, soldado, cajero de Almacenes Éxito e, incluso, había resignado, no sin pesar, su sueño de ser presentador de televisión; todo por apostarle a una cualidad natural en la que había probado valor durante su carrera universitaria: el ámbito comercial.
Así que ahí estaba, sentado en una banca y dispuesto a dormir en la calle, cuando un rostro conocido apareció entre los transeúntes. “¿Qué hacés por acá?, ¿en dónde te estás quedando?”, le preguntó. Lo conocía de vista; habían cruzado palabras en el aeropuerto semanas antes; era el esposo de una conocida colombiana que también había llegado a España a estudiar. “No sé cómo me reconoció”, recuerda Juan Diego, “pero fue algo del cielo, algo divino”, apunta. Lo invitaron a almorzar sancocho y, una vez allí, logró que le arrendaran una habitación. “Hermano, empiéceme a anotar la cuenta ahí”, le había dicho.
Podría ser un incidente aislado, pero, en realidad, es una buena estrella más bien recurrente. “Yo tengo un angelito en el cielo”, apunta; un angelito que, en todo caso, también recibe ayuda de su protegido. Y es que, con techo, pero sin dinero, el estudiante de mercadeo se propuso encontrar trabajo en hostelería y se la jugó a fondo, le apuntó a las estrellas. Sin Google todavía en el panorama, tomó una guía turística y empezó a buscar hotel por hotel, desde el más top al más ordinario. “Seguramente terminaré trabajando en un hostal, pero no puedo dejar de darme la oportunidad de trabajar en el número uno”, reflexionó en ese momento. Así que tomó el teléfono y llamó al primero de la lista —el hotel Arts Barcelona, de la marca Ritz-Carlton— y pidió que lo comunicaran con el director general. Se lo comunicaron, contra todo pronóstico. “No, mire, soy hotelero, vengo a estudiar una especialización y mientras lo hago quiero trabajar en el mejor hotel de Europa y ese es su hotel”, le dijo, palabras más, palabras menos. “Venga mañana”, le respondió el directivo, el prestigioso hotelero Luis Marcó.

“Yo pensé que iba a ser botones, a lavar platos o barrer. Pasé por todo el proceso, me hicieron una cantidad de entrevistas hasta que me dijeron ‘Okay, queda seleccionado. Esta es su oficina’. Yo no lo podía creer, era una oficina espectacular. Me contrataron como asistente de relaciones públicas”, recuerda. Su labor era atender a los huéspedes de más alto nivel y llevarlos a sus habitaciones. El listado fue amplio: recibió a George Clooney, Shakira, Nelson Mandela, Bill Clinton, Marc Anthony, Catherine Zeta-Jones, entre otros; “Lenny Kravitz me dio una propina de 100 euros con la que viví como un mes. Fue una experiencia extraordinaria, me cambió la vida”, rememora Juan Diego.
Y fue así como, de las bancas anónimas de Las Ramblas Juan Diego transitó a los escenarios más encumbrados de Barcelona y, de paso, abrazó al turismo para no dejarlo nunca más. Fue la concreción de una de sus vidas posibles porque, a juzgar por lo vivido, pudo haber sido muchas cosas más.
Érase una vez en Copacabana…
Juan Diego Zapata Roldán nació hace 50 años en un hospital de Medellín, pero creció en el municipio de Copacabana, en el seno de una familia de clase media conformada por padre, madre y tres hermanos. Su familia extendida, sin embargo, supera la decena de tíos y el doble de primos; algunos de ellos responsables de su prematuro amor por el fútbol y el Deportivo Independiente Medellín. Hoy, según cuenta, puede ver fácilmente más de seis partidos de futbol en un fin de semana, lo que resulta incomprensible para su esposa, el amor de su vida desde hace 21 años.
Su mamá, Amparo Roldán, fue maestra de escuela primaria toda la vida —“alegre y alborotada, aún hoy a sus 80 años”— y su papá, un ascendente empleado de Productos Familia —“tímido, callado”— a quien le heredó el gusto por la lectura. “Mi familia nunca tuvo plata. Obviamente nunca nos faltó nada, pero yo nunca tuve como decir ‘voy a estudiar una carrera universitaria porque me la pagan mis papás’”, cuenta Juan Diego. Así que, como buena parte de los colombianos, tuvo que recurrir al crédito para cumplir su sueño: ser presentador de televisión.

Contrario a lo que muchos creen, Juan Diego estudió Comunicación Social-Periodismo en la Pontificia Bolivariana; toda una aspiración social que se dio el lujo de llevar a cabo con éxito y, por decirlo de alguna manera, de la mano de Almacenes Éxito. Fue su trabajo de universidad; inició como auxiliar de bodega y, de a poco, fue ascendiendo hasta llegar a supervisor de caja. “Llegó un momento en que yo ya me quería quedar ahí trabajando. De hecho, tengo una amiga que hoy en día es directora de Marketing del Éxito y trabajó conmigo en las cajas en esa época”, cuenta. Fue una de sus vidas posibles.
Pero vamos más atrás, a las calles del barrio Belén, en Medellín, y al colegio técnico religioso, Pedro Justo Berrío; una institución de alto nivel académico, pero de extracción popular, en donde lograron matricularlo cuando la familia se mudó a la ciudad. Fue toda una adquisición para el colegio porque, a pesar de ser un estudiante un tanto cansón —“siempre pasaba raspando y era el chistín del salón”, confiesa— también era un líder extraordinario como pocas veces se ve.

“Yo siempre he sido de grupos y siempre me he caracterizado porque me meto en todo y pruebo en todo. Me encanta sacar adelante proyectos, entonces yo me regalaba para todo y me metía a organizar todo. A mí me terminaban sacando de clase para que ayudará aquí y ayudara allá. Yo era de presentar, de hacer el show, de salir a la tarima. Fundé la emisora del colegio —que hoy existe—, era el director del periódico, era la mano derecha del rector y del coordinador académico. Incluso, terminé metiéndome al seminario, a ser cura, porque el rector me dijo que yo podía serlo”.
La aventura duró apenas tres meses, pero escribió, óigase bien, un libro llamado “La dificultad de vivir sin Dios”; toda una hazaña que los curas alabaron hasta que se dieron cuenta que contenía, sobre todo, cuestionamientos. En paralelo, jugaba futbol; comenzó como arquero y evolucionó a lateral izquierdo de las inferiores del DIM; fundó un grupo de música que terminó profesionalizándose a un nivel en el que él ya sobraba; y se regaló al Ejército porque el reclutador que fue a su colegio así se lo sugirió. Cuando le muestran confianza, él responde con creces. “Allá me pasó lo mismo que me ha pasado siempre. Yo era el que organizaba los eventos, el que buscaba el patrocinio para el Día del Soldado. Me volví el hombre clave de mi coronel. ‘Lo que Zapata no resuelve, no lo resuelve nadie’, decía”, cuenta.
Al final, entró a la universidad y fue allí, entre las múltiples representaciones que asumió, en donde encontró su camino, como encargado de marketing de los Premios Hétores. “Era un evento que se hacía con las uñas, nunca había plata, hasta que yo entré”, dice sin modestia. El baile de los millones sorprendió a todos: 20, 30, 50 millones. “Yo empecé a encontrar un mundo en el que me volví muy bueno”, cuenta. Así conoció al empresariado antioqueño, buscando patrocinios para el evento humorístico; y así conoció a Manuel Molina, que algunos años después lo sustrajo de su primer trabajo como ejecutivo comercial de un banco y lo entregó para siempre al mundo hotelero y turístico.
Pocas líneas para una larga trayectoria
¿Cómo resumir en pocas líneas tan larga trayectoria? Baste decir que a su regreso de España trabajó ocho años con Manuel Molina —fue director de Mercadeo y Ventas del hotel Dann Carlton Medellín y director de Operaciones del hotel San Fernando Plaza—, invirtió en bares y restaurantes, conoció a su esposa y, por gracia de su personalidad bien conocida, le terminaron ofreciendo una posición inesperada: gerente de Aeroméxico en Colombia. Fue su entrada al mundo de las aerolíneas, con las que, de hecho, soñaba.

Luego, por obra de su tutor y amigo, Juan Manuel Pérez —a quien alguna vez ayudó en el hotel— se enganchó con Latam Airlines, en donde estuvo más de ocho años. “Latam para mí fue una escuela, fue como haber hecho un MBA”, cuenta. Las oportunidades, sin embargo, son las oportunidades y fue así como, para gran molestia de su antigua casa —hoy ya superada, valga decir— es sustraído por Avianca, en donde llegó a ser director de Ventas para Colombia y Suramérica.
Luego, en una coyuntura de incertidumbre y cambios directivos, es llamado por Viva Air para ser su director Comercial y, de ahí, pasó a Ultra Air, una historia que merece un capítulo aparte (pero no el 11). Cuenta que fue la época más dura de su vida, sentado hasta las altas horas de la madrugada explorando soluciones. Al final, solo pudo hacer lo único que estaba a su alcance: poner la cara. “No me le escondí a nadie”, apunta. Y en esa dura labor, de la que parecía no había retorno —“vuelve y juega mi angelito”— lo llama Jorge Restrepo, CEO de PriceTravel, una de las tantas agencias que perdió plata con esta quiebra. “Si yo pudiera hacer algo para ayudarte a recuperar la plata, yo lo hago”, le dijo Juan Diego. “Y me dice, véngase a trabajar conmigo, pero es en Cali”. Y así llegamos al sol de hoy; un sol luminoso.
“A mí la gente me dice a veces, ‘oiga, pero es que usted ha pasado por todas las aerolíneas’. Pero siempre ha sido así. Yo probé en el futbol, probé en la música, probé en muchas cosas”, dice. La hoja de vida más importante la entregó hace más de 25 años al gerente de hotel Arts Barcelona. De resto, nunca más lo ha vuelto a hacer: “Nunca he presentado pruebas, nunca he participado en un proceso de selección. A mí me han llamado, me han puesto en el cargo”.
Hoy, se levanta antes de que salga el sol, medita, hace ejercicio, monta bicicleta, estudia inglés y portugués y luego, trabaja. Lidera un equipo de más de 400 personas y una compañía que reporta más de 6.000 transacciones al día. Sueña con volver a la hotelería, pero como propietario, no piensa tener hijos y, ojo a esto, nunca ha estado borracho: “No sé lo que es en guayabo”. Este es, palabras más, palabras menos, Juan Diego Zapata.





