Perfiles: Olga Salazar, simplemente auténtica

Fuerte, pero sensible; alegre, pero temperamental; irreverente en su juventud y muy espiritual en su madurez, Olga Lucía Salazar es, ante todo, una mujer auténtica y agradecida con la vida y con las agencias de viajes con las que ha trabajado en más de 40 años de trayectoria; “las he amado a todas”, afirma. Hecha a pulso en el turismo, Olga ya hace parte de su historia y ahí sigue, marcando la pauta a las nuevas generaciones. Si hay tormentas o dolores de cabeza, nunca son tan fuertes para opacar su alegría vital. Este es su perfil.

Mide sus palabras de vez en vez, medita, baja la voz, lanza una advertencia. Al final, sin embargo, se despacha. Lo que tenía que decirse, se dice. Se conmueve, sonríe con nostalgia, argumenta con el inconfundible tono de la franqueza. Es un torrente de palabras encausado por los sentimientos y las vivencias. De las fechas no se acuerda muy bien o no quiere acordarse. Vestida con la elegancia que la caracteriza, inquieta con los alcances de una cámara fotográfica, Olga Lucía Salazar —un referente de las agencias de viajes en Colombia, “una maga comercial” como la llama su gran amiga y hoy jefa— nos cuenta algunas facetas de su vida; una vida plena, pero no exenta de tormentas, una vida de agradecimientos y de buenos recuerdos. “La vida se va volviendo como una cuesta, como una escala larga con muchos rollos. Y hoy miro hacia atrás y creo que tuve mucha piola, mucha vida, muchas cosas bonitas para la mecedora”, reflexiona.

En el sector turismo es un rostro bien conocido. Más que eso, es una pionera; la ejecutora —a principios de este siglo, junto a su gran amiga— de un modelo de negocio que hoy la rompe en todos los escenarios: la consolidación. “Fue un manejo social superimportante el que le dimos al país, porque nosotros dignificamos el trabajo del freelance”, recuerda Olga, sin falsa modestia. Hoy se dedica precisamente a eso y a nuevos retos. Como gerente Comercial de Global Mercado del Turismo, vive con la misma pasión y compromiso el trabajo que comenzó hace más de 40 años y espera que las nuevas generaciones hagan lo mismo. 

Evocaciones de una juventud feliz … y agitada

Es la Bogotá de los años 70 —probablemente—, los negocios prosperan, los sectores económicos se afianzan y por las calles capitalinas rueda el recordado “amigo fiel” de la familia colombiana: el Renault 4. En un ejemplar de estos, Olga Salazar condujo sus primeros kilómetros. No es propiamente su vehículo, lo comparte con sus dos hermanas mayores. Es un regaló de papá.

“No sirvo mucho para estar sola, a mí me gusta la vida con gente”, cuenta Olga. Y no era para menos. No ha existido tal cosa como la soledad en su vida. Olga es la tercera de cuatro hermanas muy unidas y adoradas; la prole de una familia santandereana, tradicional, acomodada, pero en cierta forma liberal: “Nos criaron con mucho amor, fuimos unas niñas muy queridas, con libertad de pensamiento; siempre podíamos opinar de todo, no había restricciones de nada y por eso dicen que yo soy como soy y voy diciendo las cosas”, apunta.

La irreverencia, de hecho, es una de sus características. “¿Eres brava como las mujeres de tu tierra?”, le preguntan. “Tengo lo mío, de pronto me pongo furiosa”, responde. Porque Olga nació en Bogotá, pero se siente muy santandereana. Lo lleva en la sangre y lo aprendió de papá, que siempre fue enfático en sus enseñanzas: estudiar, hacerse profesionales y no depender económicamente de nadie para poder tomar decisiones claras. Ser personas serias y de palabra. Es una herencia que comparte con todas sus hermanas —“no éramos muy de ollitas y de cocinar, siempre nos proyectamos como mujeres trabajadoras”, cuenta— pero su caso, hay que decirlo, fue un tanto diferente al de ellas.

“Yo era una niña un poquito necia”, confiesa. Hasta el punto que un buen día las reverendas monjas del Colegio Teresiano decidieron ponerle fin al asunto. “Yo creo que las monjas se aburrieron de mi o yo me aburrí con ellas”, dice. A su papá, en cambio, siempre le hizo gracia su irreverencia. El día de su expulsión, de hecho, la llevó a cine a ver la película del momento: El médico módico. Olga terminó sus estudios en el colegio ‘montessoriano’, una institución pequeña, a las afueras de Bogotá y con un enfoque mucho más afín a su carácter: el libre desarrollo de la personalidad. “Me marcó lindo. Creo que lo mejor que pasó fue que las monjas me hubieran sacado y haber tenido semejante oportunidad de vida”, rememora.

Y así, luego de una feliz infancia y adolescencia, de vacaciones en el mar cada año, de camaradería entre hermanas, de fiestas y de novios, de risas y peleas, Olga estaba lista, sin saberlo, para descubrir y conquistar un mundo desconocido; un mundo en el que iba a poder desplegar todas sus capacidades del ser y el hacer: el mundo del turismo.

Una carrera hecha a pulso

Lo primero, por supuesto, era desembarazarse de la aspiración familiar. “Mi papi quería que yo fuera abogada, pero yo no me veía sentada aprendiéndome los códigos laborales. Había visto a mi hermana estudiar como una loca y sentía que no quería eso para mí”, cuenta. Entonces, por alguna razón, llegó a sus manos un pénsum de administración turística y el clic fue inmediato. Se matriculó, recorrió Bogotá, viajó por Colombia, se apasionó por la historia del arte —“de verdad me enriqueció el alma esa materia”— y culminó por lo alto, realizando sus pasantías en Aviatur, un punto determinante en su futuro.

“Para mí fue un regalo de Dios haber arrancado mi vida laboral en una compañía de ese andamiaje. Ahí aprendí lo que es el servicio, a no dejar nada pendiente para el otro día (…) todavía manejo agenda como me enseñaron allá”.

Lo que vino después fue su consolidación como directiva. Luego de cuatro años salió a gerenciar el área comercial de la agencia de viajes de una gran compañía. Ese fue el común denominador de su carrera: con excepción de su propia agencia —la cual fundó, estructuró y terminó vendiendo— siempre ha trabajado para grupos grandes y en áreas directivas. “Yo siempre quise mandar. A mí me gusta ser directiva … pero desde siempre. Me cuesta un poquito seguir órdenes. Me gusta tomar mis propias decisiones”, apunta con franqueza.

Es un rol que ha perfeccionado con los años. Se ha echado compañías al hombro, pero también ha sido una experta delegando —“yo he formado gente que ha llegado a ser gerente en otras agencias” cuenta— y aprendió, muy temprano, que no puede ser la mejor amiga de su equipo. “Creo que siempre he gerenciado con ejemplo. Soy una persona juiciosa, cumplo lo que digo en relación al trabajo y me unto de la operación (…) me conozco casi todos los cargos de una agencia de viajes. Sé harto del tema”, apunta.

En el año de 1999 —y esto es historia del turismo— Olga es encargada de aplicar en Colombia el modelo de consolidación aérea. Era una apuesta novedosa, pero requería un gran administrador: Alicia Maldonado, para más señas. La historia es conocida y fue la génesis, sin saberlo en ese momento, de Global Mercado del Turismo. Entre las dos estructuraron un negocio que hoy se extendió a todo el mercado: “Empezamos a buscar agencias no IATA, pero, en el camino se nos abre una oportunidad con los freelance. Para esos años había cambiado la forma cómo se pagaban los reportes y había mucha gente con una muy buena cartera de clientes, pero ya no querían tener agencias. Entonces nos trajimos a toda esa gente”, recuerda. Los freelance, por supuesto, ya existían, “pero no eran tan respetados ni se les pagaba bien”, asevera. “

“Fue un manejo social superimportante el que le dimos al país, porque nosotros dignificamos el trabajo del freelance. A la gente se le comenzó a pagar bien (…) se volvieron la razón de ser del negocio. Y, a veces, hasta se les subió la moña”,

dice con desparpajo.

Olga Salazar, marca registrada

Hoy, desde la cumbre de la vida, Olga agradece continuar trabajando y de la mano de su gran amiga Alicia. Está pensionada hace dos años, pero su gran pasión es el turismo y ahí sigue firme, a pesar de los dolores de cabeza que le dan las nuevas generaciones. “A mí me cuesta pensar que haya gente que no le importen las empresas, que les dé lo mismo ocho que ochenta, que si se vendió bien y sino también, que si se perdió el cliente se perdió. Eso me saca de mí”, asevera.

Su mentalidad es diferente. Ha querido y tratado como suyas a todas las agencias en las que ha trabajado, pero suyos también son sus clientes, hechos a pulso a fuerza de talento. “A mí la gente me cree. Soy una persona con credibilidad. Yo nunca he sido el nombre de una agencia, mi nombre es Olga Lucía Salazar y sé que en el sector me ven como una persona confiable. Si yo te ofrezco algo, puedes tener la seguridad de que va a pasar. Y eso tiene que ver mucho con mi crianza y mis raíces”, asevera.

Por eso le duele tanto la deslealtad. A estas alturas, sin embargo, ya está inmunizada contra ese y otros males por cuenta de su profunda espiritualidad. “Todos venimos a cumplir una misión aquí y aprender cosas. En el gremio, hay gente que me ha hecho mal y que ha sido aprovechadora, pero entendí que hay que verlos como unos maestros en la vida”, apunta. Es una filosofía de vida que ha llegado incluso a estudiar, del mismo modo que escucha atentamente, a diario, el evangelio católico. “Soy creyente a morir porque yo veo los milagros de Dios en las cosas sencillas (…) no concibo la vida mía sin pensar en que hay un ser superior que lo maneja todo”

Casada desde hace algunas décadas —y esa es otra historia— Olga es madre un hijo de más de 30 años en el que ha puesto todo su cariño y atención y del que afirma es su mejor amiga. “Nos podemos contar absolutamente todo, nos ayudamos, nos amamos, pero además nos morimos de la risa. Es mi polo a tierra, es la fuerza emocional de mi vida”, apunta.

“¿Estás en la cumbre de tu vida?”, le preguntan. “Me falta mucho. Siempre nos va a faltar, pero me falta menos que antes”, responde. Esta es Olga Lucía Salazar, una persona simplemente auténtica.

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