El 54% de los viajeros estadounidenses consultados aseguró que el temor a pronunciar mal el nombre de un lugar llegó a impedirle reservar un viaje, según una investigación encargada por Omio.
Un detalle aparentemente menor, como no saber pronunciar Ljubljana, Reykjavík o Montjuïc, puede terminar influyendo en la elección de un viaje. Una investigación encargada por la plataforma de reservas multimodales Omio concluyó que una proporción significativa de los viajeros estadounidenses siente inseguridad ante nombres de destinos que no sabe cómo decir y que, en algunos casos, esa dificultad llega a modificar la decisión de viaje.
Según los resultados difundidos por la compañía, el 40 % de los adultos estadounidenses encuestados se muestra menos dispuesto a visitar un destino cuando no está seguro de cómo pronunciar su nombre, mientras que un 54 % afirmó que el temor a “decirlo mal” llegó en alguna ocasión a impedirle concretar una reserva.
El dato abre una perspectiva poco habitual para analizar la promoción turística: el nombre de un lugar, su ortografía y la familiaridad lingüística que genera pueden convertirse en una barrera incluso antes de que el viajero compare precios, vuelos, hoteles o atractivos. La dificultad no parece responder solamente a cuestiones fonéticas. El estudio identifica también un componente social.
Un 23 % de los viajeros estadounidenses consultados teme pasar vergüenza al pronunciar incorrectamente un destino; un 22 % teme sonar irrespetuoso y un 20 % piensa que otras personas podrían juzgarlo por hacerlo mal. Además, para otro 20 %, un nombre que resulta difícil de pronunciar hace que el propio destino parezca más complejo o estresante de recorrer.
Es decir, la barrera lingüística puede trasladarse a la percepción del viaje: si el nombre resulta complicado, algunos potenciales visitantes anticipan que también lo serán el transporte, las indicaciones, la comunicación con los residentes o la experiencia general en el lugar.
Omio señala además otra dificultad previa al viaje: escribir correctamente el nombre para buscarlo online. Combinaciones de letras poco familiares, signos diacríticos y alfabetos o reglas fonéticas diferentes pueden dificultar desde la primera búsqueda de información hasta la compra de un pasaje.
La pronunciación podría incluso afectar una de las herramientas más antiguas y valiosas de la promoción turística: el boca a boca.
Según la investigación, el 45 % de los viajeros estadounidenses asegura que es menos propenso a hablar con familiares o amigos sobre un destino cuyo nombre no sabe pronunciar. Al mismo tiempo, un 33% reconoce que tiende a elegir lugares cuyos nombres ya sabe decir.
Para los organismos de turismo, el resultado plantea un desafío interesante. Destinos menos conocidos —precisamente aquellos que necesitan mayor visibilidad— pueden encontrarse con una desventaja adicional si sus nombres resultan intimidantes para determinados mercados emisores. A partir del estudio, Omio trabajó con el políglota y especialista en idiomas Alex Rawlings para elaborar una guía destinada principalmente a viajeros angloparlantes.
Entre los lugares seleccionados aparecen Ljubljana, capital de Eslovenia; Reykjavík, en Islandia; Cinque Terre, en Italia; Dubrovnik, en Croacia; Gdańsk, en Polonia; Fuerteventura, en España; Chamonix, en Francia, y Montjuïc, en Barcelona.
La selección muestra también que la dificultad es relativa al idioma de origen del visitante. Fuerteventura o Montjuïc, por ejemplo, plantean desafíos diferentes para un angloparlante que para un viajero hispanohablante, mientras que nombres eslavos como Ljubljana o Gdańsk pueden resultar menos intuitivos para ambos públicos.
La investigación también muestra cómo los turistas intentan superar esa inseguridad: un 61 % de los estadounidenses encuestados dice que quiere mejorar su pronunciación antes de viajar, pero solo el 19 % recurre a profesionales del turismo para resolver estas dudas, mientras el 39 % utiliza YouTube, 36 % herramientas de inteligencia artificial o motores de búsqueda y 29 % redes sociales como TikTok.




