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Perfiles: Claudia Delgado, vital e inquebrantable

Sentada en el coworking de su nuevo espacio favorito, María Claudia Delgado Orozco afirma que no tiene intención de revelar su edad exacta; “ese papayazo no lo voy a dar, aunque, obviamente, todos saben que no soy una niña chiquita”, comenta entre risas. En realidad, está viviendo una segunda vida, aunque ella sea, en esencia, la misma: frentera, entradora, alegre, pionera de las comunicaciones turísticas; una dama de hierro que se mantuvo firme e inquebrantable en su prueba más difícil: la prueba de la vida.

En aquella época el centro comercial Unicentro ni siquiera existía. Para conocer los avances de la obra, los habitantes del barrio Santa Bárbara, en donde residía la familia Delgado Orozco, debían cruzar inmensos potreros, rememora Claudia. Bogotá era muy diferente en ese entonces; la actual sede de la Universidad de la Sabana era apenas un proyecto y la joven Claudia debía tomar las clases en una serie de casas del barrio Quinta Camacho. Luego, en su primer trabajo, tuvo la misión de marcar 5.000 sobres para la campaña Ciudad Limpia en la alcaldía de Andrés Pastrana: “nunca lo olvidaré, todo por tener buena letra”, apunta.

Son tres momentos diferentes de su vida relacionados con su natal Bogotá que permiten hacer ciertos cálculos cronológicos. “Saquen todas las cuentas que quieran. ¡No voy a decir mi edad! Porque están todos detrás de mí a ver cuando me voy a jubilar. Cuando mi cuerpo me diga ‘no trabajes más’, ese día me jubilo. De resto, sigo trabajando”, comenta con desparpajo. Y su cuerpo, de hecho, le dio un espaldarazo extraordinario hace algunos años. Así que ahí está, con una memoria prodigiosa —recordando nombres, apellidos y segundos apellidos de todo tipo de personajes de los medios de comunicación y el turismo—, un poco menos robusta, con nuevos y emocionantes proyectos, llena de vitalidad y alegría, quizás más reflexiva y dispuesta a contar su historia, que es la historia misma de la comunicación y el turismo.

Una rebelde con causa

Nacida en Bogotá, en el seno de una familia acomodada, Claudia es la menor de tres hermanos, la adoración de su padre luego de dos lamentables pérdidas y, al mismo tiempo, una rebelde empedernida para gran pesar de su madre; una brillante contadora y revisora fiscal que trabajó toda la vida para importantes empresas aseguradoras. “Con mi mamá yo chocaba por todo, ella decía A y yo decía Z y mi papá era como la bandera en la mitad”, cuenta Claudia; un alma cuestionadora, siempre con la pregunta “¿por qué?” en la punta de la lengua; “por qué sí, por qué no, por qué esto, por qué lo otro”, cuando lo que normalmente se espera de una niña es obediencia ciega. Esto, por supuesto, le trajo algunos problemas en el colegio, el prestigioso Marymount, de donde la expulsaron por perder 1º de bachillerato.

“Voy a ser muy honesta. Fui la mujer más indisciplinada que hubo en la historia. Y fui muy vaga también, perdí dos años”, cuenta. En realidad, el primer caso fue absolutamente premeditado. Claudia se había empecinado en cambiarse de colegio, pero ante la negativa de su madre, mostró algo del carácter que la acompañaría el resto de su vida: “Si tú no me sacas, yo me sacó”, había dicho. “Y perdí el año con todos los juguetes. Perdí hasta recreo”, recuerda. El 2º caso fue un poco más complicado, un golpe duro personal resultado de no aprobar el examen de matemáticas, una de sus grandes debilidades.

Y así, Claudia tuvo la felicidad y el honor de terminar su bachillerato en un distendido colegio con todas las expulsadas de los prestigiosos colegios de Bogotá, gente que hoy es exitosísima, cuenta. Fue ahí, además, en donde conoció a una figura clave en su vida:  la rectora Helena Pizano de Samper —la madre del expresidente Samper— con quien hizo un ‘match’ perfecto y quien le aconsejó a rajatabla no estudiar Derecho, como planeaba hacerlo. “¡No! Estudie Comunicación Social, usted tiene mil cosas que hacer en comunicaciones”, la había dicho.

El crujir de las puertas que se abren

A veces, los momentos más adversos de la vida son, en realidad, el crujir de una puerta que se abre para señalar un camino no visto. Sucedió con el divorcio de sus padres, que cambió para siempre la dinámica familiar, pero tuvo una feliz consecuencia: unir a madre e hija en un lazo indisoluble. “Siempre he dicho que uno de los grandes favores que me ha hecho la vida fue que mi papá y mi mamá se hubieran separado. Porque conocí a mi mamá”, rememora. En adelante, se volvieron inseparables. Desde el punto de vista práctico, la madre se convirtió en la cabeza numérica que Claudia nunca tuvo; la contadora de cabecera de su futuro y actual emprendimiento, que es, en últimas, ella misma. Así lo resume, fiel a su estilo: “Cuando ella murió, yo siempre decía ‘No saben lo difícil que es buscar una contadora después de 40 años’. ¡Es muy difícil! Me costó muchas piedras y lágrimas”.

La vocación, por su parte, la encontró en el aquel colegio que inicialmente le había parecido tan poco en comparación a lo que venía acostumbrada. Allí se vinculó con un grupo de amigos diverso —de ese colegio y otros más— y descubrió que amaba la música, y que organizar es una de sus virtudes. “Una noche íbamos a leer poemas, otra noche íbamos a tocar guitarra y cantar; otra noche íbamos a darles serenatas a todas las mamás; por supuesto, rumbeábamos”, cuenta. Sin duda, era el espíritu de otra época. Uno de estos grandes amigos fue Camilo Cano, hijo del asesinado periodista Guillermo Cano. Y, de hecho, fue don Guillermo quien también le aconsejó estudiar Comunicación Social y Periodismo. Así lo hizo.

Pionera, conectada y arrolladora

Pasar a estudiar a Chía implicaba para Claudia hacer algo que nunca había hecho en su vida: montar en flota. También coincidió con una potente vocación que el mercado identificó rápidamente. El asunto se dio casi de manera orgánica, cuando visitó la prestigiosa agencia de comunicaciones y relaciones públicas MSL para ofrecerles participar en un foro estudiantil. El gerente le escuchó todo su discurso y, cuando terminó, solo atinó a decirle: “¿Y a usted no le interesaría ponerse a trabajar? Yo le firmo sus prácticas cuando le toque”. Cursaba 4º semestre y tenía alrededor de 20 años.

Desde ahí no ha parado; mientras todos los demás estudiantes hacían trabajos académicos, ella los combinaba con asuntos del mundo real, como tomar las riendas de su primera cuenta de turismo: Forte Travelodge, la marca que inauguró las franquicias hoteleras en el país, bajo la operación de GHL (en ese entonces Hoteles Ltda), según puede leerse en Google; quizás la primera evidencia de su trabajo a lo largo de más de tres décadas. Como encargada de esa cuenta, Claudia lideró múltiples aperturas —incluidas las relaciones públicas del “Congresito”, celebrado en el hotel Orquídea Real— y, como no, terminó despertando el interés de GHL, que la contrató directamente. Pero Claudia siempre ha sido Claudia, así que, para sorpresa de todos, decidió renunciar a su posición luego de dos años y medio de corre-corre hotelero. “Un día amanecí y dije ‘No quiero ser más empleada de nadie’. En la hotelería se entra, pero no se sabe a qué horas se sale y eso es muy aburridor”, cuenta.

Y, de hecho, no fue empleada nunca más. Con ayuda de su madre, montó su propia firma —la futura CDO Comunicaciones— que debutó a más de 30 mil pies de altura gracias a Rodolfo Amaya, gerente de American Airlines en Colombia y uno de sus grandes mentores. Y como “cuenta llama cuenta” —podría decirse— detrás del gigante estadounidense llegó el gigante alemán, Lufthansa —“una empresa a la que le debo el 80 % del conocimiento que tengo del sector aéreo”, dice— y luego otras más, con las que trabajó en distintos momentos: Spirit Airlines, Air Canada, Aerolíneas Argentinas, Aires; “me volví experta en aerolíneas”, apunta.

Y para completar el paquete turístico, por decirlo de alguna manera, aparece Puerto Rico en su vida; un destino que todavía mantiene cerca de su corazón. No es extraño entonces que, con semejantes credenciales en el turismo —que nadie más tenía ni ha tenido— fuera considerada por el presidente de Anato de ese entonces, Óscar Rueda García, para manejar las comunicaciones del gremio de agencias de viajes e impulsar, entre otras cosas, la Vitrina Turística. “Óscar Rueda fue el que me enseñó a mí a leer números y se lo agradezco profundamente”, recuerda Claudia. Trabajó con cinco presidentes gremiales, incluido Juan Carlos Vélez, a quien, en paralelo, acompañó al Congreso de la República —“aprendí mucho, pero es un mundo horrible, no me gusta”, dice— hasta que la prueba de fuego de su vida la obligó a renunciar.

“Nunca he sido mujer de mentiras, por naturaleza detesto las mentiras. Yo creo que la verdad se la tiene que decir uno a todo el mundo, así sea dolorosa. Y, tal vez por eso, mucha gente dice que soy muy dura”

El cuerpo y la vida

A finales de 2013 a Claudia Delgado le descubren un tumor encapsulado en el riñón izquierdo y debe ser sometida a una operación para extraerlo. Ella, sin embargo, decide posponerlo hasta el último día de febrero, para no dañarle el diciembre a nadie, ni a ella misma, y, de paso, atender la Vitrina Turística. Es el comienzo de una historia impresionante que narra con pelos y señales, imperturbable.

¿Qué sucedió? Básicamente, la operación se complicó por obra del azar. “Cuando uno tiene una operación de alto riesgo es propenso a que le pueda dar un trombo ¡Es una lotería!”, cuenta. Eso fue justamente lo que sucedió apenas regresando del hospital: un trombo mesentérico —un trombo en los intestinos— del que, enfatiza Claudia, nadie se salva. “El trombo necrosó mis intestinos. Me hicieron un promedio de 20 operaciones y todos los días cortaban un pedacito más, hasta que ya llegaron a lo último y dijeron ‘ya no podemos cortar más’. Ruéguenle a Dios, porque no hay nada más que hacer… Y les abrí el ojo”, cuenta, mientras lanza una risa sosegada a final de la frase; “el día que les dijeron a mis hermanos que yo me moría, ese día me desperté”, apunta.

Y así comenzó lo que ella llama “operación reencauche de vida”. Salió del hospital pesando 50 kilos, entubada y cableada de todas las formas posibles —por decirlo de alguna manera—, con la necesidad de un trasplante de intestinos, pero con toda la determinación y la fe que siempre ha puesto en todos sus proyectos: “Si uno no tiene fe, no llega ni a la esquina”, afirma. ¡Y había razones para tener fe! En una operación posterior, los médicos encontraron 30 cm de intestinos adicionales con los que podía vivir sin trasplante; “estaban enredados, nadie los veía”, cuenta.

Hoy, por supuesto, Claudia no come como todos los seres humanos, tiene su dieta propia, pero vive plena y fiel a su carácter, dándole duro a sus proyectos, y con un aprendizaje: no vive para trabajar. “Antes hacía unas cosas absurdas para cumplirle a todo el mundo, como montarme en tres aviones en un día. Y el cuerpito pasa la cuenta de cobro”; un cuerpo del que hoy dice con desparpajo, tiene la mitad. “Yo creo que lo único que lo salva a uno de una enfermedad es la actitud. Si tú te dejas llevar de la enfermedad ¡te vas!”, sentencia, ya a modo de conclusión.

Pero Claudia habló de muchas cosas más: de su decisión de no tener hijos, de lo muy afortunados que han sido los pocos hombres de los que se ha enamorado, de su aversión a la tacañería, de su inclinación política que tanto mortifica a todos, de su inasistencia a la escuela de la adulación, etc. “Yo tengo una palabra que a mí me define muchísimo: congruente. Yo soy la misma en todas partes; yo pienso hablo y hago consecuentemente, pero no le muestro a todo el mundo una cara distinta. Y eso no es fácil”.

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